Desde México, con todo cariño para la mejor comida italiana en Argentina, dice la frase escrita con marcador negro y letras redondas en un tramo de la pared que está a la izquierda del salón. A escasos centímetros y con mucha ternura, alguien también escribió: ¡De acá no se va nadie! Porque una vez que conocés D’Oro, no podés dejarlo. Porque una vez que conocés a Norby, no podés pedir más de la amistad. En 2009, un grupo de franceses, de paso por Buenos Aires para participar del Dakar World Tour, dejó su huella con el nombre del team: Michel Nº408.

Mezclados entre dibujos y garabatos, se leen mensajes de comensales de Brasil, Francia, Estados Unidos y Chile. Y también, una frase que lo emociona cada vez que sus ojos la encuentran ahí: El secreto de la cocina de D’Oro es el amor. Te quiero. Tu hija Camila.
Las otras paredes de D’Oro Ristorante & wine bar, en Perú 159, decoradas con obras de arte, notas publicadas en diarios y revistas, están separadas entre sí por columnas de ladrillo de adobe y tienen una iluminación que todo lo transforma en mucho más cálido. La cocina, en medio del restó y a la vista de todos, luce creaciones de impronta mediterránea y marcados rasgos itálicos. Desde allí se asoman tarros con fideos secos y olores a salsas, pastas, panes y pizzas.

Son las cinco de la tarde de un jueves otoñal. El microcentro porteño está repleto de gente, de ruidos y de un centenar de colectivos y taxis. Norberto D’Oro acaba de llegar y en segundos parece haber dejado atrás ese mundo para estar en contacto con su propio universo: la cocina.

Está sonriente, de buen humor, y enseguida cuenta cómo comenzaron a dejarle tantos graffitis hasta poblar casi toda esa pared: “A la noche vienen muchos artistas o gente importante porque estamos en una zona de hoteles. La otra vez vino un artista famoso de ópera y la semana pasada estuvieron Los Globbettroters. En esos casos, yo entrego todo: te cierro el restaurante, te pongo una tarantella al máximo, empiezo a tocar las sartenes mientras cocino y nos quedamos hasta la una o dos de la mañana bailando. ¡Yo hago una entrega total del espacio y los tipos quedan locos! La gente empezó a dejar mensajes como agradecimiento, y después se hizo un ritual”.

-Tu hija Camila también escribió, ¿tenés una sola hija?

-¡No, cinco!

-Ella dice que el secreto de tu cocina es el amor…

-¡Sí, es una entrega de amor total! Sino yo no puedo cocinar. Ojalá nunca se me vaya, ¿no? (dice con tono melancólico y la mirada suspendida en el aire).

“Yo estaba buscando trabajo afuera porque sentía que ya había cumplido una etapa en la Argentina”, dice mientras trae de la cocina el café en unas tazas de porcelana bellísimas.
Y en ese andar sereno de la cocina al living, confiesa que la misma tarde que comenzó la búsqueda por Internet, tomó la decisión de su vida.

“En eso –dice con ojos brillosos-, entro a una página donde aparece un icono que decía: ‘Venga a trabajar a Andorra. Y la palabra Andorra titilaba…Andorra, Andorra, Andorra. Yo pensé: Es lo que hay y hay que ir. Sabes, no lo dudé, armé las maletas y me fui”, cuenta con un tono pausado y tranquilo el chef argentino Fernando Michelini (de 29 años), que está de paso por Buenos Aires.

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