Un día abandonó la carrera de odontología y sintió que estaba como en una nube, sin rumbo. Días después, una amiga le dijo “¿Por qué no estudias gastronomía?”, y él pensó: “¡Qué loca está mi amiga!”.

Un día él, que soñaba con viajar y conocer el mundo, sintió que podía estudiar gastronomía y ponerla en práctica en cualquier parte del mapa sin necesidad de hablar el idioma de ese lugar.

Y dice que cuando empezó a estudiar se fue apasionando cada vez más con la cocina. Después, llegó la primera pasantía en el Hotel Hilton Buenos Aires y luego, lo cuenta con una mezcla de orgullo y felicidad, el primer viaje de su vida con destino a España: “Ese año fui el único alumno enviado por el IAG a El Bulli, uno de los restaurantes más prestigiosos del mundo”, aclara.

Apenas llegó, dice que Ferran Adrià –socio y mentor del restaurante-, les dijo a todos los pasantes: “Olvídense de todo lo que aprendieron. Acá van a trabajar a la manera de El Bulli”.

En esa cocina, de la mano de Adrià y junto a chefs de la India, Pakistán, Canadá, Japón, Sudáfrica, Australia y México, aprendió sobre la cocina molecular o de vanguardia; y en Atami, una ciudad cercana a Tokio, vio la contracara de la cocina moderna: le enseñaron a elaborar platos más naturales que tenían un toque francés pero con ingredientes propios de la región.

Un día, en ese viaje a Japón, vio por primera vez a sus tíos y a sus primos y se dio cuenta que allí estaban sus raíces. Por entonces tenía 23 años. En Europa le esperaba una nueva experiencia como chef y el reencuentro con el amor de su vida entre ollas y sartenes de una cocina londinense.

Un día regresó a la Argentina y pocos meses después pasó a integrar el staff de profesores del IAG. Esta mañana, apenas termina de dar su clase de cocina asiática y aún con el uniforme puesto, confiesa: “Uno transmite en lo que hace lo mejor de uno, trata de dar lo mejor, y en ese dar hay una gran parte que es de mucho afecto”.

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