Martín Ameijenda

12.10.2015

Confiesa que su atracción por la gastronomía comenzó de chico: “Me acuerdo cuando mi mamá me preparaba magdalenas rellenas con dulce de leche y embebidas en oporto, es un sabor que no olvido…”, dice emocionado. Martín Ameijenda nació en Buenos Aires el 28 de agosto de 1975. Hizo la secundaria en un colegio técnico y luego continúo estudiando ingeniería industrial, pero al poco tiempo abandonó la carrera. “Sentía que no era lo mío”, dice Martín, que está casado con Karina y es papá de Baltazar, de 7 años.
Cuenta que a los 12 o 13 años ya se animaba a preparar algunas comidas. “Trataba de copiar lo que mi mamá hacía en la cocina y las pizzas que mi hermana amasaba”, recuerda sobre su acercamiento a la gastronomía, a los olores y sabores de su infancia. Y asegura que fue su tía Nely la primera en revelarle algunos secretos del oficio.
“Pero ya en 1998, y por cuestiones de la vida, comencé a tener algunos problemas económicos que me obligaron a buscar un segundo trabajo. Me acuerdo que buscaba en los clasificados y no aparecía nada. Hasta que de pronto veo un aviso donde buscaban un ayudante de cocina en la calle Larrea. Yo nunca había trabajado anteriormente en gastronomía, pero ante la necesidad fui a la entrevista igual. ¡Y me tomaron!”, cuenta sobre aquel primer trabajo que le despertó tanta curiosidad por la cocina.
En el restaurante de la calle Larrea trabajó un año. “Aprendí mucho porque los cocineros llevaban varios años en el oficio y me enseñaron muchas cosas”, dice. Para ese entonces, como su situación económica había mejorado, dice que comenzó a pensar en la posibilidad de estudiar gastronomía. “¡Mis ganas de progresar en el rubro eran muchas!”, dice con un entusiasmo que contagia.

Impulsado por Karina, su mujer, se decidió a estudiar: “Comencé a empaparme sobre los distintos colegios e institutos de cocina, recorrí muchos lugares, pero cuando conocí el IAG no hubo mucho para dudar, las instalaciones eran increíbles y los docentes de un gran nivel”, explica.
Luego de muchas idas y vueltas, cuenta que finalmente se inscribió en la carrera de profesional gastronómico. Y como un golpe de suerte, al mismo tiempo entró a trabajar como extra en un importante hotel de Pilar: “Fue gracias a un amigo que me dio una gran mano”, dice emocionado.

De profesional gastronómico a talentoso pastelero
Cuando terminó el primer año de la carrera, Martín se dio cuenta que se sentía más cómodo trabajando en las áreas de panadería y pastelería. Entonces sin vueltas, decidió cambiarse de carrera y anotarse para ser pastelero profesional.
“Sin dudas fue un gran acierto, ya que tuve la suerte de tener como docentes a Nicolás Mercante y a Andrea González entre otros, que me enseñaron a ver desde otro lado la pastelería. Me dieron todas las herramientas necesarias para poder formarme profesionalmente, sin guardarse nada. Siempre les estaré muy agradecido”, dice con mucha gratitud en sus gestos y en el tono de sus palabras.
Y asegura que gracias a la formación obtenida en el IAG, se le abrieron muchas puertas. “Pude progresar, pero eso sí, con mucho sacrificio, nadie me regalo nada. Creo que esto es la clave para todo”, afirma.

-¿Qué quisieras transmitirle a alguien que comienza a estudiar la carrera?
-Me gustaría decirles a todos ellos que si realmente les gusta la gastronomía y tienen ganas de progresar en la profesión, deben aprovechar al máximo las herramientas que les da el IAG. Y a estas herramientas sumarle: sacrificio, constancia, práctica y nunca bajar los brazos ante situaciones adversas que puedan surgir. En mi caso particular, ese fue el camino que elegí y hoy me siento orgulloso de lo que hago y los logros alcanzados.
Martín Ameijenda trabajó en varios lugares del sector gastronómico: panaderías, restaurantes y hoteles. “Siempre estuve remándola desde muy abajo. Fui el pastelero responsable de una cadena de pastelerías gourmet que empezó con una sola sucursal, hasta que abrió la quinta con una planta de producción y abastecimiento para toda la cadena. Hoy, orgullosamente, les cuento que soy Jefe del área de pastelería de Fabbri Argentina. Mi trabajo consiste en recorrer todo el país y varios países de América, capacitando y asesorando a comercios e industrias sobre cómo elaborar helados artesanales y pastelería moderna”, cuenta con una felicidad que desborda.
Además, paralelamente a su trabajo como pastelero, Martín brinda asesoramiento a distintos bares y confiterías. Y dice entre risas, un poco en broma y un poco como revelando su sueño en voz alta: “Eso sí, no descarto en un futuro no muy lejano abrir mi propio comercio”.
Sobre el final de la entrevista y a modo de posdata, el joven chef dejó estas líneas. Quizá, porque siente que es una forma de agradecer una vez más a quienes lo acompañan desde entonces, cuando pisó por primera vez el IAG.
“Quiero aprovechar esta oportunidad para decirle gracias por tanto apoyo a Bibiana Rovira y a Norma Sánchez, encargadas de la bolsa de trabajo, hoy mis amigas. A Pablo Ferrari, por incentivarme a estudiar pastelería. A Osvaldo Gross por sus enseñanzas y humildad. Pero principalmente a mi familia, mi señora y mi hijo, sin ellos no hubiera sido posible”, concluye el talentoso pastelero.

Ana Da Costa 

 

Ameijenda básico
“Nací en Buenos Aires, el 28 de agosto de 1975. Hice la secundaria en un colegio técnico y luego continúe con ingeniería industrial, carrera que abandone ya que no sentía que fuera lo mío…Luego de muchas idas y vueltas, me inscribí en la carrera de profesional gastronómico. Pasado ya el primer año de la carrera, me di cuenta que donde más cómodo me sentía era en el área de panadería y pastelería, por eso, decidí inscribirme en la carrera de pastelero profesional. ¡Sin dudas fue un gran acierto!
Hoy, orgullosamente, les cuento que soy Jefe del área de pastelería de Fabbri Argentina. Mi trabajo consiste en recorrer todo el país y varios países de América, capacitando y asesorando a comercios e industrias sobre cómo elaborar helados artesanales y pastelería moderna”.

Ameijenda x Ameijenda
“Me gustaría decirles a todos ellos que si realmente les gusta la gastronomía y tienen ganas de progresar en la profesión, deben aprovechar al máximo las herramientas que les da el IAG. Y a estas herramientas sumarle: sacrificio, constancia, práctica y nunca bajar los brazos ante situaciones adversas que puedan surgir. En mi caso particular, ese fue el camino que elegí y hoy me siento orgulloso de lo que hago y los logros alcanzados”.